Despertarse cada día, para afrontar el duro día que nos espera, requiere de un valor inmenso; más de lo que necesita un soldado para enfrentarse a una guerra que no es la suya, o que un gladiador a punto de poner un pie en la arena del circo. La incertidumbre de poner los pies en el suelo sin saber que nos deparará, pero conociendo que en cualquier momento un suceso repentino puede cambiarnos la vida para siempre o dejarnos sin hálito durante segundos es lo que ofrece el valor necesario para hacerlo día tras día, hasta que nuestro débil cuerpo acabe sucumbiendo a las emociones de toda una vida.
Puede intimidar saber que cada segundo que vives, ese mismo instante no volverá a repetirse jamás, por muy similar que sea a los anteriores siempre variará en un ligero ápice; eso hace a la vida tan especial. Eso hace, en efecto, que cada experiencia sea única e irrepetible y que cada mal momento desaparecerá para siempre de todo lugar ajeno a nuestra memoria. La singularidad de cada suceso nos debería permitir olvidarlo por completo una vez sucede y continuar sin más dilación, pero para cualquier persona humana es imposible. Siempre se quedará ahí, y nuestro subconsciente llamará a la puerta de nuestra conciencia con recuerdos debajo del brazo, que nos restregará en la cara constantemente hasta hacerse molesto. ¿Por qué dejar que un suceso que no volverá a repetirse en la eternidad de la vida del universo condicione nuestras acciones futuras? ¿Por qué deberíamos permitir que un mal momento de nuestra vida nos obligue a continuarla siguiendo una pauta de dolor y autodestrucción? No tenemos por qué permitirlo, por lo dicho anteriormente, lo que hagamos no volverá jamás a repetirse. Por ello nuestra memoria no puede permitirse hacerle un hueco en su apretado cuaderno de notas, debemos seguir aprovechando cada experiencia, toda aquella que satisfaga la vida presente, que será la que marque nuestro pasado y condicione nuestro futuro. No podemos centrar nuestra mirada en algo que ya ha ocurrido y se ha quedado atrás, ya que no volverá a suceder jamás y no conseguiremos más que desviar nuestra atención del verdadero camino que es el que estamos pisando ahora, justo mientras lees estas líneas. Cuanta más atención pongamos a cada paso y nos esforcemos más por darlo correctamente tendremos más posibilidades de no tropezarnos y esa satisfacción de haberlo dado correctamente nos animará a dar el siguiente, esta vez con más fuerza; hasta comenzar a correr. Corre sin saber a dónde llegarás, sólo corre por el placer de mantenerte en el camino, por la satisfacción de cada paso con éxito. Cuanto más corras más lejos llegarás, y siempre mira al frente. Nadie puede avanzar a buen ritmo mirando atrás o mirando al cielo, acabaría poniendo el pie en un hoyo sin lugar a dudas, y remontar el camino no es nada fácil una vez caes; para levantarse hace falta mucha fuerza, y hasta que dispongas de ella puede pasar un tiempo valioso, que al fin y al cabo es lo único que poseemos, nuestro tiempo.
Todo se resume en aprovechar el momento presente como si cada momento fuera el último, dar lo mejor de nosotros en cada momento y no permitir que un mal resultado nos lastre o que uno bueno nos ciegue, siempre tenemos que darlo todo y al final del recorrido de nuestra vida nos veremos recompensados. Una filosofía que intento seguir y que probablemente cueste mantener, ya que nuestra mente no soporta eliminar de ella todo aquello que nos lastra, como una buena masoquista; el ser humano es así de estúpido, por desgracia para nosotros.
Muy interesante Gloria! no sabía que habías empezado un blog. Me alegro ...
ResponderEliminar