También hay diferentes formas de superar y afrontar esa sensación de dolor e impotencia. Personas que tienen mayor facilidad para contar qué les preocupa, otras que necesitan bastante más tiempo y confianza para compartir su problema y otras que directamente lo guardan todo.
Depende en su mayor parte de la personalidad de cada uno, por ejemplo a las personas introvertidas les desagrada la superficialidad, prefieren la soledad antes que tener que compartir charlas sin sentido, tienden a rechazar todo lo que sea superfluo y trivial, y prefieren aquello que sea práctico y de utilidad. También suelen ser reflexivas y tener la capacidad de percibir el ambiente que les rodea y rara vez se aburren, ya que son capaces de entretenerse con cualquier cosa. Sin embargo, por otro lado, están las personas extrovertidas, aquellas que normalmente (no siempre) tienen mayor seguridad en sí mismos, aquellas que piensan a medida que hablan, se distraen fácilmente y se aburren cuando algo es monótono.

Pero casi todos sufrimos porque no somos perfectos. Todos vemos lo que falta. Todos vemos el defecto, los fallos. Vemos lo que no tenemos ¿pero si dejáramos de querer ser perfectos? ¿Y si en lugar de ver lo que falta viéramos lo que hay? ¿Y si en lugar de ver lo malo viéramos lo bueno? ¿Y si en lugar de ver lo que no tenemos viéramos lo que tenemos?
Entonces seríamos más felices, porque casi todas estas cosas anteriormente dichas, cuando vemos defectos en nosotros mismos o vemos aquello que nos falta, es sobre todo por miedo al qué diraán de la gente.
Y tenemos que aceptar que no existe nadie perfecto, ni nadie mejor ni peor que tú, que simplemente somos diferentes. Por eso, no debemos despreciar ni minusvalorar al que está a tu lado, debemos de respetarlo, aunque para tener respeto hacia los demás, tienes que respetarte a ti mismo, para querer a los demás tienes que quererte a ti mismo tambien, porque no puedes dar algo que no tienes.
Y ASÍ ES LA VIDA!